En medio de un contexto cada vez más complejo para el ámbito educativo, una docente de San Pedro decidió expresar públicamente su mirada sobre la realidad que atraviesa la profesión. A través de un texto compartido en sus redes sociales, dejó al descubierto no solo la vocación que la impulsó a elegir este camino, sino también el desgaste, el miedo y la incertidumbre que hoy forman parte del día a día dentro y fuera del aula.
La reflexión, profunda y cargada de sensibilidad, pone en palabras una situación que muchos docentes atraviesan en silencio.
A continuación, la editorial completa:
**“Crecí arrullada por el sonido de las tizas y el aroma del papel fresco. En mi casa, la docencia no era un oficio, era un linaje sagrado. Crecí mirando a mi mamá y a las mujeres de mi entorno —docentes inmensas, faros de autoridad y ternura— caminar por la vida con la dignidad de quien custodia lo más sagrado: el futuro de un país.
En sus manos, el guardapolvo blanco era una armadura de respeto, y la escuela, el templo donde se fundaba el mañana.
En 2008, cuando volví a San Pedro luego de estudiar en Buenos Aires con mi título bajo el brazo, busqué reclamar mi lugar en esa historia. El tramo pedagógico fue mi promesa al futuro. En aquel entonces, ser docente era habitar un suelo firme: nos ofrecía el orgullo de una jerarquía y la paz de una estabilidad que nos permitía soñar mientras enseñábamos a otros a volar.
No es casualidad que más de 50 profesionales se habían anotado junto a mi ese año para poder ser parte del sistema educativo.
Pero más de quince años después, el suelo se ha vuelto barro.
Hoy, la angustia tiene mil rostros y todos se llaman miedo. Tengo miedo al cruzar el umbral de la escuela, donde la violencia estalla en los pasillos y el respeto se ha desvanecido entre gritos y agresiones que ya no puedo contar con los dedos de mis manos.
Pero también tengo otro miedo, uno que me acompaña cuando vuelvo a casa: el miedo de no llegar a fin de mes, de ver cómo mi sueldo se deshace entre los dedos mientras la línea de la pobreza me pisa los talones.
Es el miedo de mirar hacia atrás y preguntarme, con el corazón apretado, si me equivoqué. Si elegí un camino que ya no tiene salida. Si esta vocación que mi mamá, mi abuela y tías abrazaron con tanta gloria hoy es, para mí, una trampa de desilusión.
A veces, busco las sombras de aquellas docentes que admiré en mi infancia. Las busco en los rincones de aulas que se caen a pedazos, bajo techos que lloran desidia, y les pregunto en un susurro: “¿Cómo lo harían ustedes? ¿Cómo sostendrían la luz cuando la educación parece haberse convertido en una utopía inalcanzable?”
Siento un nudo en la garganta cada vez que un colega se rinde, dobla su guardapolvo y se marcha buscando un aire que no lo asfixie.
Y en ese silencio que dejan los que se van, la pregunta me hiela la sangre: Si hoy estamos dejando huérfanas las aulas, ¿quiénes educarán a los que vendrán? ¿Qué mundo nacerá de estos frutos amargos cuando el saber sea solo un recuerdo?
Escribo para desangrar esta pena, para que se entienda que hoy no solo enseñamos: hoy resistimos el naufragio de un sueño que se nos vuelve inalcanzable.”**
Caro Sofia

