La víctima tenía 44 años y regresaba a su casa cuando un Renault 19 cruzó el boulevard e impactó de frente contra su automóvil. El conductor dio positivo en el test de alcoholemia, habría intentado escapar y quedó detenido.

Una decisión irresponsable al volante terminó con la vida de una mujer y dejó a tres hijos sin su mamá. Mariela Pollio tenía 44 años, era empleada de comercio y el sábado por la tarde regresaba a su casa después de trabajar cuando fue víctima de un brutal choque en Pontevedra, partido bonaerense de Merlo.

El siniestro ocurrió el sábado 19 de septiembre sobre la avenida Otero, a la altura de Rivera Indarte. Por el lugar circulaba un Renault 19 que, según muestran las imágenes registradas en la zona, atravesó a gran velocidad el boulevard central e invadió el carril contrario.

Del otro lado avanzaba el Citroën C4 conducido por Mariela. El impacto fue violentísimo y la mujer murió en el lugar.

El Renault era manejado por un hombre de 38 años que viajaba acompañado por una mujer y tres menores de edad. Todos ellos sufrieron heridas leves.

De acuerdo con la información conocida hasta el momento, testigos señalaron que el conductor presentaba un fuerte aliento a alcohol. El control efectuado por inspectores de tránsito arrojó resultado positivo, aunque no se informó públicamente la cantidad detectada. Además, se realizó una extracción de sangre para obtener el resultado definitivo de la pericia toxicológica.

El automovilista habría intentado escapar después del choque, pero finalmente fue trasladado e internado bajo custodia en el Hospital Eva Perón.

La causa quedó en manos del fiscal Patricio Ventricelli, titular de la UFI N.º 6 de Morón. Posteriormente, el juez de Garantías N.º 2, Ricardo Fraga, dispuso la detención del acusado.

Mariela volvía a su casa después de trabajar

Detrás de las imágenes del choque y de las actuaciones judiciales existe una historia familiar que quedó atravesada para siempre.

Mariela vivía en González Catán, partido de La Matanza, y trabajaba como empleada de comercio en una sucursal de Coppel. Junto con su marido, mecánico de profesión, tenía tres hijos: una joven de 21 años y dos varones de 18 y 6.

Ese sábado había cumplido con su jornada laboral y solamente intentaba regresar a su hogar. Nunca llegó.

Familiares, amistades y compañeros comenzaron a despedirla en las redes sociales, todavía conmocionados por una muerte tan repentina como evitable.

No fue solamente un accidente

Hay hechos que no pueden explicarse únicamente como una fatalidad. Conducir después de consumir alcohol, hacerlo a alta velocidad y poner en riesgo a todos los que circulan por la calle implica tomar una serie de decisiones que pueden destruir vidas.

Mariela respetaba su recorrido y volvía de trabajar. No tuvo ninguna posibilidad de evitar el automóvil que apareció repentinamente en su carril. En apenas unos segundos, tres hijos perdieron a su madre, un hombre perdió a su compañera y toda una familia quedó obligada a convivir con una ausencia irreversible.

Cuando alguien conduce alcoholizado no arriesga solamente su propia vida. Convierte el vehículo en una amenaza para personas que no eligieron participar de ese riesgo: una madre que vuelve del trabajo, una familia que viaja, un joven en motocicleta o un peatón que cruza una calle.

El alcohol al volante no es una picardía, un error menor ni una cuestión de suerte. Las consecuencias no terminan cuando se retira un automóvil destruido o se libera una avenida. Continúan en una mesa familiar con una silla vacía, en un hijo de seis años que deberá crecer sin su mamá y en una familia que nunca volverá a ser la misma.

La investigación judicial deberá determinar las responsabilidades y establecer qué ocurrió durante los minutos previos al impacto. Pero existe una verdad que no necesita pericias: si se bebe, no se conduce.

Fuente Clarin