Cada 17 de agosto repetimos palabras que conocemos desde chicos: «Libertador, Padre de la Patria, héroe, prócer». Vemos su rostro en los actos, levantamos la bandera y recordamos aquella epopeya imposible de hombres atravesando los Andes.

Pero quizás recordar verdaderamente a José de San Martín implique algo bastante más incómodo que rendirle homenaje.

Implica preguntarnos»*qué queda hoy de aquellos valores que hicieron grande a un hombre que tuvo poder, reconocimiento y gloria, pero entendió que ninguno de ellos estaba por encima de la Patria».

San Martín podría haberse quedado con mucho.

Eligió renunciar a mucho.

Y allí aparece probablemente una de sus enseñanzas más profundas.

Porque su grandeza no estuvo solamente en ganar batallas. Estuvo en comprender que «el poder debía ser una herramienta y nunca un destino personal».

Condujo ejércitos, atravesó una de las geografías más hostiles del continente y fue protagonista de la liberación de pueblos enteros. Sin embargo, cuando entendió que su presencia podía convertirse en un obstáculo para una causa superior, supo correrse.

Qué palabra difícil para nuestros tiempos: correrse.

Vivimos en una sociedad donde muchas veces pareciera que triunfar significa acumular más: más poder, más reconocimiento, más dinero, más exposición. Donde cuesta abandonar un lugar de privilegio y donde el interés individual demasiadas veces termina imponiéndose sobre el colectivo.

Por eso San Martín todavía interpela.

Porque nos obliga a recordar que «servir no es servirse».

Que ocupar un lugar de responsabilidad significa asumir obligaciones antes que privilegios.

Que amar a una Nación no consiste solamente en levantar una bandera durante una fecha patria, sino también en preguntarnos todos los días qué estamos haciendo por el lugar donde vivimos.

Y eso no corresponde únicamente a quienes gobiernan.

Nos corresponde a todos.

Al dirigente que toma decisiones. Al trabajador que cumple con responsabilidad. Al docente que educa. Al comerciante que abre cada mañana. Al policía que protege. Al médico que atiende. Al periodista que informa. Al vecino que respeta al otro.

Porque una patria también se construye en esas pequeñas decisiones que nunca aparecerán escritas en los libros de historia.

San Martín cruzó los Andes.

Tal vez nosotros no tengamos que atravesar semejante cordillera, pero «cada generación tiene sus propias montañas».

La nuestra tiene desigualdades, violencia, desencuentros, individualismo, pérdida de confianza y una sociedad que muchas veces parece cansada de esperar.

Y quizás por eso este 17 de agosto no alcance con recordar al hombre de bronce.

Hay que recuperar al hombre.

Al que tuvo dudas, dificultades y enormes responsabilidades, pero siguió adelante porque entendía que había algo mucho más importante que él mismo.

A 176 años de su muerte, San Martín todavía tiene algo para decirnos.

Que la verdadera grandeza no se mide por cuánto poder conseguimos, sino por «qué hacemos con él».

Que no hay libertad sin sacrificio.

Que no existe una Nación posible cuando cada uno piensa solamente en sí mismo.

Y que algunas veces, para entrar definitivamente en la historia, hay que saber hacer algo que parece sencillo pero que muy pocos están dispuestos a hacer: poner a la Patria por encima de uno mismo.

Este 17 de agosto, honor al General José de San Martín.

Pero, sobre todo, «memoria para su ejemplo».

Porque los próceres no deberían servir solamente para recordar nuestro pasado.

También deberían ayudarnos a preguntarnos «qué país queremos construir hacia adelante».

Crónica San Pedro | Editorial