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A 54 años del ataque al destacamento policial de Río Tala, ocurrido el 27 de abril de 1972, la memoria vuelve a ocupar un lugar central en la escena local. No solo por la reconstrucción histórica que propone el escritor sanpedrino Germán Codo en su libro “Los muertos olvidados”, sino también por una pregunta que atraviesa el paso del tiempo: ¿qué lugar ocupan hoy las víctimas de aquel hecho?

El episodio, que marcó a la comunidad en uno de los momentos más convulsionados del país, dejó dos policías muertos, una localidad en estado de shock y una historia que durante décadas quedó en silencio.

El ataque: violencia, sorpresa y un escenario indefenso
Según reconstruye Codo, todo ocurrió en la mañana del 27 de abril, el mismo día en que Río Tala celebraba su aniversario. Un grupo de siete integrantes del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) ingresó a la localidad bajo una maniobra engañosa: simulaban haber sufrido un desperfecto en su vehículo.

Vestidos como empleados de una empresa, lograron acercarse a la comisaría sin levantar sospechas. Pero el engaño duró segundos. Cuando uno de los efectivos salió a atenderlos, comenzó una balacera que terminó con la vida del sargento Mario Otelo González, a cargo de la dependencia, y del agente Casimiro Basualdo.
La escena ocurrió en un contexto impensado: una localidad de apenas 1.500 habitantes, con una comisaría que funcionaba más como una oficina administrativa que como un punto preparado para un ataque armado.

Un segundo ataque y una escuela en la línea de fuego
Lejos de terminar allí, el episodio continuó. Los atacantes sabían que ese mismo día se realizaría el relevo de autoridades en la dependencia policial. Por eso, esperaron la llegada de una patrulla proveniente de San Pedro.

Cuando la camioneta policial arribó, fue recibida a tiros. Dentro viajaban el comisario Armesto y el oficial Nover Novaro, quien asumiría ese mismo día. En medio del ataque, Novaro logró salvar su vida de manera casi milagrosa: dos disparos impactaron en su gorra y en la chapa identificatoria de su uniforme, sin herirlo, además se hizo el muerto para poder escapar de los asesinos.

Pero lo más estremecedor ocurrió a pocos metros.
La mayoría de los disparos impactó contra la escuela primaria, ubicada de forma perpendicular a la comisaría. Eran las 9 de la mañana. Los alumnos estaban en clase.

Las maestras reaccionaron de inmediato y ordenaron a los chicos tirarse al suelo. Aun así, balas atravesaron ventanas, rompieron vidrios y una esquirla hirió a un alumno. La tragedia mayor no ocurrió por cuestión de centímetros.

Una reconstrucción desde todos los ángulos
El trabajo de Codo no se limita a una única mirada. En su libro reúne testimonios de vecinos, exfuncionarios, testigos directos e incluso de uno de los organizadores del ataque.

Figuras como Naico Brambila, el exjefe de Policía bonaerense Osvaldo Somoano, y vecinos de Río Tala aportan sus recuerdos. También lo hacen quienes eran niños en ese momento y vivieron el episodio desde la escuela.

Pero uno de los aspectos más sensibles es la inclusión del testimonio de Reina Yétala, uno de los organizadores del ataque, quien detalla la planificación y el funcionamiento de la estructura del ERP en la región.

Esa reconstrucción permite entender que el hecho no fue improvisado: hubo logística previa, inteligencia territorial e incluso participación local en tareas de apoyo.

Las víctimas: una memoria sin reparación
Sin embargo, más allá del análisis histórico, hay un punto que atraviesa todo el relato y que el propio autor remarca con claridad: el olvido.

Mario Otelo González tenía alrededor de 35 años. Casimiro Basualdo, apenas 28. Uno dejó una esposa y dos hijas pequeñas. El otro, una familia numerosa en Santa Lucía.

“Nunca nadie reconoció a estas víctimas”, sostiene Codo.
A más de medio siglo del hecho, el único recordatorio visible es una placa en el destacamento de Río Tala. No hubo homenajes sostenidos, ni políticas de reparación, ni acompañamiento institucional para las familias.

El propio autor plantea una diferencia clave en la forma de nombrar lo ocurrido: no se trató simplemente de un asesinato, sino de efectivos que murieron en cumplimiento del deber.
Y desde allí surge el reclamo.
“Me gustaría que las familias tengan un homenaje”, plantea, dejando expuesta una deuda que no es solo histórica, sino también social.

Memoria, silencio y una historia que vuelve
Durante años, el ataque quedó en un segundo plano. Primero por el miedo, luego por el contexto de la dictadura y, más tarde, por una reconstrucción parcial de los hechos en democracia.
Hoy, a través de la palabra y la investigación, esa historia vuelve a ocupar su lugar.
No solo como un episodio del pasado, sino como una memoria viva que todavía interpela a una comunidad.

Entrevista completa al escritor Germán Codó