Los voluntarios argentinos trabajan en uno de los escenarios más devastadores que dejaron los terremotos en Venezuela. Tras días de intensa búsqueda, la esperanza de encontrar sobrevivientes es mínima, pero el compromiso de devolver a cada víctima a su familia mantiene en pie un operativo que conmueve al mundo.

El trabajo de los rescatistas argentinos en Venezuela se desarrolla en medio de una tragedia de enormes dimensiones. Más de 60 voluntarios del Cuerpo de Evacuación y Primeros Auxilios (CEPA) participan desde hace varios días en las tareas de búsqueda y recuperación de víctimas en la ciudad de La Guaira, uno de los lugares más golpeados por los terremotos del pasado 24 de junio.

El operativo se concentra en el complejo residencial OPP 25, un edificio de 14 pisos que colapsó por completo durante el sismo. En cada planta funcionaban 16 departamentos, además de locales comerciales, una peluquería y un salón de fiestas donde, al momento del derrumbe, se desarrollaba una celebración infantil con decenas de familias.

Las imágenes con las que se encontraron los equipos de rescate reflejan la magnitud de la tragedia.

«Había madres abrazadas a sus bebés», describió con profunda emoción Esteban Chalá, presidente de CEPA, al recordar algunas de las escenas que marcaron a los voluntarios durante las primeras horas del operativo.

En un primer momento, vecinos del lugar lograron rescatar a varias personas con vida. Sin embargo, con el paso de los días, las posibilidades de hallar sobrevivientes fueron disminuyendo drásticamente. Hasta el momento, los equipos de búsqueda recuperaron cerca de 70 cuerpos, mientras se presume que muchas de las víctimas permanecen atrapadas en los pisos inferiores y en la galería del edificio, donde el derrumbe provocó la mayor destrucción.

A pesar del duro panorama, los rescatistas continúan trabajando sin descanso.»Hay que hacerlo. Asumimos ese compromiso, asumimos el hecho de arriesgarnos para sacar gente con vida de los escombros», sostuvo Chalá, cuya organización ya intervino en catástrofes ocurridas en Ucrania, Haití, Libia y Sudán del Sur.

La misión ya no consiste solamente en intentar encontrar sobrevivientes. Hoy, el objetivo también es recuperar los cuerpos para que puedan ser identificados y entregados a sus familiares.

«Esta etapa es tan importante como la primera porque las familias están con nosotros. Conocemos sus historias, conocemos a quien buscamos: al hijo, a la esposa, a la madre», explicó Chalá.

Entre los integrantes de la delegación se encuentra Christian Luccisano, coordinador logístico de CEPA y tripulante de cabina de Aerolíneas Argentinas, quien trabaja jornadas de entre 10 y 14 horas diarias entre montañas de hormigón y estructuras inestables.

«Me quebré al ver imágenes muy duras. Ves quién vivía en cada lugar, si había músicos, si había niños. Es estar en presencia de la muerte y la descomposición», confesó.

Las tareas de rescate se vuelven aún más peligrosas durante la noche. La escasa iluminación, el polvo y la permanente posibilidad de nuevos derrumbes obligan a extremar cada movimiento.

«Es un trabajo riesgoso por las estructuras que colapsan. También es difícil respirar entre los escombros», explicó Luccisano.

A pocos metros de donde trabajan los equipos argentinos permanecen los familiares de las víctimas. Muchos colaboran retirando pequeñas piedras con sus propias manos mientras esperan una noticia que cambie el desenlace.

Aunque los especialistas reconocen que las probabilidades de hallar personas con vida son extremadamente bajas debido al tiempo transcurrido, las altas temperaturas y el nivel de destrucción, la esperanza sigue presente.

«Las esperanzas de encontrar gente con vida se fueron desvaneciendo. Nunca descartamos un milagro», concluyó el rescatista.

La delegación argentina, que llegó a Venezuela en un vuelo solidario comandado por Enrique Piñeyro, continúa trabajando sin una fecha definida de regreso, demostrando una vez más el compromiso humanitario de quienes, incluso frente al dolor más profundo, no dejan de tender una mano.