El país nórdico revisa su apuesta por la digitalización educativa y refuerza la lectura, la escritura y los materiales impresos. El cambio abre un debate que también interpela a las escuelas y las familias argentinas.

Suecia, un país reconocido por su desarrollo tecnológico, está revisando el lugar que ocupan las pantallas en la educación. Su Gobierno impulsa una mayor presencia de libros impresos, escritura a mano y lectura, con restricciones especialmente orientadas a la primera infancia.

La transformación no supone abandonar todas las herramientas digitales. Busca recuperar el protagonismo de los materiales tradicionales y revisar cuándo la tecnología aporta un beneficio concreto al aprendizaje.

Qué cambió realmente

Desde el 1 de julio de 2025, el currículo de educación preescolar dejó de exigir el uso de herramientas digitales. Los materiales utilizados deben ser principalmente analógicos y se refuerza la importancia de la lectura en voz alta, el juego y el movimiento. Así lo establece la [Agencia Nacional de Educación de Suecia, Skolverket](https://www.skolverket.se/undervisning/forskolan/guide-till-andringar-i-forskolans-laroplan).

El giro también incluye inversión. El Gobierno sueco informa una asignación de 555 millones de coronas suecas para libros de texto y guías docentes en 2026, además de recursos para fortalecer las bibliotecas escolares. Desde julio de 2025 rigen disposiciones destinadas a garantizar el acceso a bibliotecas con personal.

Una de las preocupaciones centrales es el desempeño en lectura. Los resultados de PISA 2022 mostraron un retroceso de los estudiantes suecos en comprensión lectora y matemática respecto de 2018. Sin embargo, esos resultados no demuestran que las pantallas hayan sido la única causa: describen una caída, pero no permiten atribuirla automáticamente a una herramienta educativa.

La respuesta del Gobierno pone el foco en fortalecer las habilidades básicas y reducir las distracciones. El debate no se limita a cuánto tiempo se utiliza una pantalla, sino también a la edad de los alumnos, el contenido y el propósito de cada actividad.

La experiencia sueca invita a plantear preguntas en nuestra comunidad: ¿qué espacio tienen la lectura sostenida y la escritura a mano? ¿Hay suficientes libros disponibles? ¿Cuándo el celular ayuda a una actividad escolar y cuándo interrumpe la atención?

También obliga a distinguir situaciones diferentes: no es lo mismo una herramienta de accesibilidad o una actividad guiada por un docente que el uso de redes sociales durante una clase.

El desafío no pasa simplemente por elegir entre tecnología y papel. Pasa por decidir qué necesita cada estudiante para aprender y asegurar que los recursos digitales acompañen la enseñanza, sin desplazar la lectura, la escritura y el vínculo con los docentes.