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San Pedro es una ciudad con historia en cada rincón, y sus naranjos amargos son parte de ese legado. Cuentan que en 1939 nació la iniciativa de plantarlos cuando un vecino de origen español, que vivía en la ciudad, añoraba el perfume de los azahares. Para cumplir su deseo, alumnos de varias escuelas se organizaron y plantaron árboles en la zona en la que él vivía, iniciando una tradición que se expandió por distintas calles.

Años más tarde, en la década de 1950, la plantación de naranjos se consolidó, y se desarrolló un sistema organizado para la recolección de sus frutos. Se licitaba la cosecha y cuadrillas de trabajadores, con acoplados tirados por tractores, recorrían la ciudad recolectando la fruta. Las naranjas amargas no se desperdiciaban: se utilizaban para hacer dulce y otros productos, mientras que calles y veredas permanecían limpias.

Hoy, la realidad es diferente. Ya no hay licitaciones, ni cuadrillas de cosecheros. Los frutos caen sin ser recogidos, ensuciando las veredas y perdiéndose sin utilidad. Lo que antes era símbolo de trabajo y organización comunitaria, hoy es testigo del abandono.

San Pedro todavía conserva la belleza de sus naranjos, pero ha perdido parte del valor que estos tenían. ¿Será posible recuperar aquella tradición que transformaba un simple árbol en parte de la identidad de la ciudad?

En junio de 2003, el Concejo Deliberante aprobó un proyecto para organizar la recolección de los frutos de los naranjos urbanos, recomendando la participación de obreros para esta tarea.

Qué bueno sería que, antes de cada temporada, el Concejo Deliberante pudiera reactivar esta tarea. No solo se recuperaría una parte de la historia de San Pedro, sino que también se aprovecharía un recurso que hoy se desperdicia. Con voluntad y organización, los naranjos podrían volver a ser un símbolo de identidad y trabajo comunitario.