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Tenía 61 años, neumonía y un nombre que nunca se conoció públicamente. Murió el 9 de enero de 2020 en Wuhan, la ciudad china cuyo nombre conoció el mundo entero cuando se convirtió en sinónimo de pueblo natal de la pandemia que paralizaría la vida tal como la conocíamos hasta ese entonces. Su muerte se dio a conocer recién dos días después, el 11 de enero, en un comunicado oficial de la Comisión de Salud Municipal de Wuhan que la atribuía a “un brote de un virus aún no identificado”. La identificación del virus llegaría después: se trataba de Covid-19.

La muerte de ese hombre del que no se supo su nombre, pero sí su edad, sí que murió un jueves a la noche y sí que padecía una enfermedad hepática crónica y tumores abdominales, fue la primera de las 15 millones que produjo el Covid-19 entre 2020 y 2021, según estimó la Organización Mundial de la Salud a principios de 2022.

El 11 de enero, cuando China confirmó que ese virus todavía enigmático que intentaban descifrar los científicos podía matar, había otras siete personas internadas en estado crítico a causa de esa misma enfermedad en Wuhan. De aquel primer muerto de identidad desconocida se supo, sí, que era habitué del mercado de Huanan. Allí, según determinaron distintas investigaciones, se produjo el contagio entre animales y humanos: en ese lugar se comerciaban sobre todo pescados, aunque también podían comprarse murciélagos o zorros.

La noticia resonó en el mundo, aunque el virus, en ese entonces, parecía todavía un problema lejano para casi todas las geografías. The New York Times decía, al replicar la noticia de la muerte: “La región de Wuhan está en alerta, pero no hay evidencia de que el virus pueda contagiarse entre humanos, según el comunicado emitido por China”. La palabra “tapabocas” no existía todavía en el diccionario de nuestras vidas cotidianas, ni “ventilación cruzada”, ni “cepa”.

El 30 de enero de 2020, apenas 21 días después de la primera muerte, en China ya había 130 víctimas fatales y se habían reportado contagios en otros 19 países. La Organización Mundial de Salud (OMS) declaró que el brote ya era una “emergencia de salud pública de interés nacional”. El 11 de marzo, dos meses después de que Xinhua confirmara que el “virus aún no identificado” podía ser fatal, la OMS hizo saber que la escala de la crisis era global: estábamos viviendo una pandemia.

Cuando la palabra “pandemia” se incorporó a nuestro diccionario de la vida cotidiana, Argentina, como tantos otros países del mundo, ya era parte del problema. El 3 de marzo, el entonces ministro de Salud de la Nación, Ginés González García, confirmó que el virus había entrado a nuestro territorio y que ya había un caso registrado. Se trataría del “Caso 0″ en el país, un paciente que, en su vuelta desde Italia, presentó síntomas y fue internado en la Clínica Suizo Argentina: los móviles de televisión apuntaron sus cámaras a las ventanas del centro de salud

Cuatro días después de esa confirmación por parte del funcionario que terminaría procesado por estar detrás del llamado “Vacunatorio VIP”, la muerte por Covid-19 alcanzó a un hombre argentino. Se llamaba Guillermo Abel Gómez y había vuelto de Francia. Murió un sábado a la mañana, internado en la unidad coronaria del hospital de La Boca, no se había enterado de su diagnóstico, confirmado después por el laboratorio del Instituto Malbrán

Lo que en los primeros reportes el periodismo mundial definía como “una preocupación de Asia” había cruzado cordilleras y océanos. Los contagios, que contra el primer comunicado sí podían ocurrir entre humanos, habían excedido largamente a los clientes y trabajadores del mercado de Huanan.

En Argentina, el 20 de marzo de 2020 empezó la cuarentena obligatoria. En abril de ese año, una mujer de 83 años, Sara, estuvo a punto de ser detenida por salir de su casa a tomar sol. En julio de ese año, contra la ley, se produjo la llamada “Fiesta de Olivos”, el festejo de cumpleaños de Fabiola Yáñez, entonces Primera Dama y hoy denunciante del entonces presidente, Alberto Fernández. El ex mandatario pagó en mayo de 2022 una multa de 3 millones de pesos por haber participado de ese encuentro que, apenas se dieron a conocer públicamente las fotos, primero negó.

El ritmo de la vida cambió. Hubo crisis de insomnio y trastornos de ansiedad o diagnósticos de depresión asociados al encierro. Las ciudades se aquietaron: bajaban las tragedias asociadas a los siniestros viales y, también, aparecían delfines nadando en los canales de Venecia. La ausencia de turistas, la baja de la contaminación sonora, la tranquilidad de las aguas los hizo resurgir allí donde hacía demasiado tiempo que no se los veía. Los lobos marinos, por ejemplo, se subieron a las veredas marplatenses más de lo habitual. Mientras tanto, la muerte se abría paso y la carrera por desarrollar vacunas lo antes posible, también

Desde aquel 9 de enero de hace seis años hasta el 31 de diciembre de 2021, durante los dos años más duros de la pandemia, murieron 14,9 millones de personas en el mundo. Esta cifra fue obtenida por la Organización Mundial de la Salud en 2022 a través del cálculo del llamado “exceso de mortalidad”, es decir, la diferencia entre las muertes que se esperaban de acuerdo a la media de años anteriores y las que efectivamente se produjeron en medio del brote de Covid-19.